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Estresante profesión del abogado

El día a día cotidiano de hoy, en la época de la inmediatez y de la velocidad de las comunicaciones, si por algo se caracteriza el mundo laboral es por la acumulación y aceleración en el desempeño de cualquier oficio. Se podría teorizar sobre un “overbooking” de tareas diarias en las agendas de los trabajos.

Todas las profesiones y todos los profesionales, en sus labores, tienen, en mayor o menor medida, un grado de estrés, que queda delimitado por la naturaleza y características propias de su estilo laboral y por los inputs de cada operativa específica. En pleno siglo XXI, imbuidos en una nueva civilización, llamada sociedad líquida por Zygmunt Bauman, el abogado toma ya una caracterización de elemento esencial en cualquier sistema de justicia, incluso aquel etiquetado como no democrático.

Estos, nosotros, tenemos la inmensa responsabilidad de que la noción efectiva de hacer justicia sea la mas perfecta posible, que el ideal sea lo más próximo a lo real de la justicia que cada día se aplica en los Tribunales.

Los abogados, siempre dentro de unos límites y de la personalidad de cada uno, como defensores de causas perdidas, tenemos tendencia a ser individualistas, a asumir altos grados de responsabilidad, a trabajar bajo la presión por la urgencia de las finalizaciones de los plazos, a tener la continua exigencia de actualización por la evolución y los constantes cambios normativos y jurisprudenciales, y a batallar entre nosotros por una alta competitividad entre los servicios que presta cada uno.

No podemos tener un efectivo control de la carga de trabajo de forma absoluta, por los imprevistos y las incidencias urgentes que pueden brotar en cualquier momento, con lo que el ritmo de trabajo suele tener altibajos que impiden un horario de descanso equilibrado. De la misma forma, la excesiva propensión hacia los detalles, y hacia el control de toda actuación crea un sentimiento de tensión permanente en el periodo de horario laboral. Además, según el caso, muchos fines de semana se deben preparar los juicios de los lunes, o tal vez, toque guardia en el Turno de Oficio.

Todo ello parece que va tomando un nuevo cariz. Tal vez se podría decir que la habitualidad y generalización han dado lugar su característica más importante: la ordinariedad o, más allá, la banalización de las consecuencias en la salud y en las relaciones personales.

En este contexto actual, la primera consecuencia de todo ello es que los errores y equívocos pueden ser de cierta entidad, según el caso, pero es que además el padecimiento de estrés, trastornos del sueño, ansiedad, o angustia, pueden llevar al “burn-out”, a la depresión, e incluso a situaciones mucho peores.

La prevención empieza por uno mismo: somos vulnerables.

Jordi-Joan Calàbia i Reixachs, abogado de Kernel Legal.

CategoryActualidad, Opinión
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